Cuando Adolfo Suárez me habló de Argentina, años antes del silencio del Alzheimer
En dos entrevistas concedidas en Madrid, el artífice de la Transición española evocó el regreso democrático argentino, elogió a Raúl Alfonsín y definió al país como “la luz de Iberoamérica”. Un testimonio íntimo del hombre que condujo a España del franquismo a la libertad.
Años antes de que el Alzheimer apagara su memoria y lo retirara definitivamente de la vida pública, Adolfo Suárez habló con serenidad, orgullo y también con reservas sobre el proceso histórico que encabezó en España y sobre la Argentina que renacía a la democracia. Fueron dos entrevistas concedidas en Madrid, cuando ya era expresidente, en las que dejó definiciones que hoy adquieren un valor documental.
Suárez asumió la presidencia del Gobierno el 3 de julio de 1976, con apenas 43 años, designado por el rey Juan Carlos I. Provenía del entorno del régimen anterior, pero terminó siendo el rostro político de la Transición. Permaneció en el cargo hasta 1981 y, tras las primeras elecciones libres del 15 de junio de 1977 —las primeras en más de 40 años—, fue ratificado por el voto popular y luego reelegido en 1979, ya con la Constitución de 1978 en vigor.
El contexto no era sencillo. España vivía un “clima frágil de libertades”, atravesado por tensiones políticas y por el terrorismo de ETA. Incluso el histórico líder comunista Santiago Carrillo reconocería con los años que la conducción de Suárez fue un “acierto histórico”.
En su despacho de la calle Antonio Maura, donde ejercía como abogado tras dejar el poder, Suárez admitió que aquellos años fueron “mucho más difíciles y complicados de lo que muchos creen”. Aseguró que había leído la mayoría de los libros publicados sobre la Transición, aunque deslizó una frase reveladora: “No se dice todo; en las memorias que se han escrito no se ha dicho toda la verdad”.
—¿Y sus memorias, presidente? —le pregunté.
—Las llevo muy avanzadas… —respondió con una sonrisa—. Puede usted estar seguro de que no ocultaré nada. Documentaré todo lo que diga.
Con el tiempo se supo que sus memorias verían la luz tras su muerte, aunque finalmente el testimonio más completo sobre su figura quedó reflejado en La historia que no se contó, de la periodista Victoria Prego.
Pero hubo un momento de la entrevista en que la historia española se cruzó con la argentina. Al aclararle que yo era periodista argentino —aunque trabajaba para una agencia española— su gesto cambió. Sonrió con complicidad y exclamó:
—¡Ay, Argentina! Hemos seguido desde aquí cada uno de vuestros pasos de la dictadura a la democracia. Recuerdo que felicité a Alfonsín no solo por su triunfo, sino por sus primeros pasos en la presidencia. Me atreví a darle consejos… y a ofrecerle ayuda, porque fue una etapa algo semejante a la nuestra.
Recordó su visita privada a Buenos Aires en 1984 y las conversaciones mantenidas con dirigentes locales. Y dejó una definición que, dicha por quien había conducido una de las transiciones más estudiadas del siglo XX, no era menor:
—Para mí, Argentina es la luz de Iberoamérica.
Suárez hablaba sin estridencias, con la modestia de quien parecía no querer “pasar a la historia”, aunque ya formaba parte de ella. Su mirada se detenía cuando evocaba aquellos años decisivos, como si repasara mentalmente cada negociación, cada riesgo, cada gesto de equilibrio entre fuerzas antagónicas.
Entregó —según sus propias palabras— su vida a la tarea de reemplazar casi 40 años de dictadura por democracia y enseñar a las nuevas generaciones que España merecía vivir en libertad. Años después, la enfermedad borraría progresivamente sus recuerdos. Pero en aquella oficina madrileña, todavía lúcido y reflexivo, dejó en claro que la memoria de los pueblos —como la de los hombres— es el cimiento imprescindible de la democracia.
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