Afuera Starmer, Andy Burnham asoma como el elegido para frenar a la ultraderecha
El Reino Unido tendrá su séptimo mandatario en diez años. El alcalde laborista de Manchester es ahora el favorito para el cargo. Intentará contener el avance de Nigel Farage rumbo a las elecciones nacionales.
Keir Starmer tiró la toalla con lágrimas en los ojos. A primera hora de la mañana Starmer reconoció el abrumador apoyo que tiene su rival Andy Burnham y presentó un cronograma para su partida a completarse en julio o a más tardar en septiembre.
“Me he comunicado con su majestad el Rey para informarle la decisión. Ahora el Comité Ejecutivo del Partido Laborista presentará un cronograma. El 9 de julio comenzará la presentación de candidaturas. Si hay una contienda, tendremos un nuevo líder a más tardar antes de que el Parlamento retome sus sesiones en septiembre”, dijo Starmer.
En solo un par de horas de su anuncio, el camino empezó a despejarse para la coronación de Andy Burnham en las próximas semanas. El otro gran candidato, el exministro de Salud, Wes Streeting, comunicó en X que no presentaría su candidatura. Con un apoyo a Burnham de cerca de 300 de los 403 diputados que tiene el laborismo, no parecen dar los números (respaldo de 81 diputados) para que alguien más se presente como alternativa para reemplazar a Starmer.
Representante de la centroizquierda, con una década de exitosísima gestión como alcalde de Greater Manchester, Burnham ganó por goleada el jueves pasado la elección para renovar un escaño para la Cámara de los Comunes en Makerfield.
Su rotunda victoria sobre la ultraderecha de Reform UK (20 puntos de ventaja) y sobre todas las fuerzas de derecha y los dos candidatos ultra combinados (a quienes sacó 10 puntos), convencieron al laborismo de que Burnham es la alternativa que tienen a un avance incontenible de Farage en las elecciones nacionales que deben celebrarse a más tardar en 2029.
El cáliz envenenado de 10 Downing Street
Cuando se proclame en semanas o un par de meses el nuevo líder laborista, el Reino Unido tendrá su séptimo mandatario en diez años, cinco desde la renuncia de Boris Johnson en 2024. En su discurso el primer ministro saliente reivindicó su gestión, pero reconoció que, a pesar de sus “logros”, había perdido la confianza del Partido Parlamentario laborista.
Starmer recordó que hace menos de dos años (el 4 de julio de 2024) había vivido uno de los momentos más maravillosos de su vida. “El primer gobierno laborista en 14 años. Una nueva página en la historia de nuestro país después de años de desencanto y desesperación. La posibilidad de mejorar la vida de millones. Para eso había entrado en la política. No fue fácil lograrlo. Hace seis años, cuando asumí el liderazgo del laborismo, el partido estaba política, financiera y moralmente quebrado”, dijo Starmer.
Palabras más, palabras menos, los cinco predecesores en el cargo (los conservadores Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak) pronunciaron mensajes similares delante de la misma emblemática puerta de 10 Downing Street, residencia oficial del primer ministro en el centro de Londres.
Al igual que ellos Starmer añadió una visión de su legado. “En estos dos años construimos un país más justo, con oportunidades para todos, con una economía que está creciendo más que la de nuestros pares, con salarios que están superando a la inflación mensualmente, con inversión en infraestructura, con una mejora de los derechos de los trabajadores y los inquilinos, con el mayor aumento en el gasto de defensa desde la guerra fría, con una caída en la inmigración ilegal, en los hoteles de asilados, una mayor protección de los jóvenes ante las redes sociales y medio millón de menores sacados de la pobreza”, manifestó.
Cuesta abajo en la rodada
Esta visión no es la de la población británica que en las encuestas lo coronó como el primer ministro más impopular de la historia. Todo empezó fatal cuando a menos de un mes de electo, para mostrarse fiscalmente responsable, Starmer decidió recortar los subsidios energéticos a más de 10 millones de personas, entre ellos jubilados. Desde entonces fue cuesta abajo para él y el laborismo y cuesta arriba para el ultraderechista Nigel Farage que lidera las encuestas nacionales desde hace 13 meses.
Este abismo entre la autopercepción de Starmer y la percepción pública terminó en las inevitables lágrimas de su partida. Escasas en la sociedad británica, las lágrimas públicas son más frecuentes para los primer ministros que dejan su puesto. Una de las más icónicas fotos de Margaret Thatcher es en el interior de la limusina en la que partía definitivamente de 10 Downing Street en noviembre de 1991, mirando la puerta a la que había entrado en 1980, los ojos enrojecidos por una pesadumbre que jamás había mostrado, fuera en la guerra de las Malvinas, en la primer guerra del Golfo o en la brutal represión de los mineros en los 80.
A Starmer, que siempre proyectó una imagen ligeramente robótica, se le quebró la voz en los dos párrafos finales que dedicó a su discurso. “Cuando deje este cargo, el más importante en el país, pasaré a ocupar mi trabajo más importante. Ser el mejor marido que pueda para mi fantástica esposa, Vic, que ha sido mi sostén emocional, tanto en las buenas como en las malas. Y ser el mejor padre que pueda para mis hijos, que son mi máximo orgullo y felicidad. Muchas gracias”, dijo.
Misterioso Mister Burnham
Unas cinco horas después de estas palabras, Burnham juró como nuevo diputado por Makerfield en la Cámara de los Comunes. En el tren Manchester-Londres, en medio de una ola de calor y en un vagón al que se le había roto el aire acondicionado, Burnham se hizo tiempo para anunciar que se presentaría como candidato al liderazgo partidario.
En el parlamentarismo del Reino Unido, el líder del partido con mayoría en la Cámara de los Comunes se convierte automáticamente (elegido por sus propios diputados) en primer ministro. La pregunta es si veremos a Burnham en poco tiempo o en 2029, agradeciendo con lágrimas en los ojos a su familia y anunciando su partida o estará en camino a un segundo mandato laborista con una agenda abiertamente popular y mayoritaria.
Los desafíos que enfrentará el nuevo líder laborista son similares a los que tiene Starmer: desigualdad social y tributaria, desfinanciamiento de los servicios públicos, estancamiento económico, creciente deuda pública (herencia del estallido financiero de 2008 y el Brexit).
Burnham ha presentado como solución al Manchesterismo con el que gobernó como alcalde y obtuvo el máximo crecimiento económico en el Reino Unido, tres veces el promedio del resto (de 3 a 1 por ciento). El Manchesterismo es un programa tradicionalmente laborista con consignas modernizadoras del tipo “socialismo pro-empresario”. En Greater Manchester hubo aumentos salariales, mayores derechos sindicales, intervencionismo estatal y una explosión inmobiliaria (un poco al estilo del socialismo portugués a partir de 2015).
Los críticos de izquierda y derecha señalan que Burnham se esconde en la polisemia de vocablos como “public control”. “¿Se trata de nacionalización, de regulación, de otro tipo de control público?”, se pregunta el fundador de la Tax Justice Network, Richard Murphy. El comentarista financiero Nils Pratley coincide. “¿Qué quiere decir Andy Burnham cuando habla de más control público del agua y la energía? Hasta ahora ha sido muy vago. Los mercados querrán claridad al respecto”, amenazó Pratley.
Esta tarde, en perfecta sincronía o como presión política, uno de los asesores claves del Manchesterismo, Matthew Lawrence, publicó “The Productive State”. En el documento, definido como parte del “radicalismo realista” del Laborismo, plantea que el estado debe ir más allá del control o la regulación para formar parte de una participación concreta en la economía. Idea que es anatema para la derecha laborista, los medios, los mercados y la ultraderecha.
En pocos días Burnham dio pasos esenciales para llegar a 10 Downing Street – ganar un escaño, forzar una elección interna. A menos que ocurra una sorpresa comparable a Cabo Verde en la Copa Mundial, pronto vendrá lo más difícil: gobernar.
Los comentarios están cerrados.