San Juan redescubre sus vinos: pequeñas bodegas, uvas criollas y una nueva generación de hacedores
Los vinos artesanales, naturales y de autor ganan espacio con producciones de baja escala que ponen el foco en el terruño, la calidad y la identidad sanjuanina. Calingasta se consolida como uno de los principales polos de esta nueva vitivinicultura.
En San Juan crece una nueva generación de proyectos vitivinícolas que apuesta por producir menos, intervenir lo justo y contar más a través de cada botella. Son elaboradores que encontraron en los vinos artesanales, naturales y de autor una manera de diferenciarse, recuperar variedades tradicionales y volver a poner en primer plano el vínculo entre el vino y el territorio.
La tendencia se observa en distintas zonas productivas de la provincia y tiene un punto de referencia en el Valle de Calingasta, donde pequeños proyectos trabajan con uvas criollas, varietales ancestrales y métodos de elaboración que buscan preservar las características propias de la materia prima.
Aunque los términos suelen utilizarse como sinónimos, cada categoría tiene sus particularidades. El vino artesanal está relacionado con una elaboración de pequeña escala y bajo las condiciones establecidas por el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV). El vino natural apunta a reducir al mínimo la intervención y el uso de aditivos, mientras que el vino de autor se distingue por la mirada personal que el elaborador imprime al producto.
El artesanal ya no es sinónimo de patero
La expansión de estos proyectos también modificó la imagen que durante años estuvo asociada al vino artesanal. Felipe Azcona, presidente de la Asociación de Elaboradores de Vinos Artesanales (AEVA), explicó que la categoría dejó atrás aquella asociación casi exclusiva con el vino patero.
“Cuando arrancó el concepto de vino artesanal no estaba tan de moda. Se relacionaba al artesanal con el patero, y el vino patero es un vino más amateur, casero. Hoy por hoy el vino artesanal lleva a la calidad”, señaló.
La normativa del INV establece diferentes escalas de producción. El vino casero contempla hasta 4.000 litros anuales, mientras que la categoría artesanal comprende elaboraciones de entre 4.000 y 12.000 litros por año, con requisitos específicos para el establecimiento y la participación profesional en el proceso.
En la práctica, esa escala reducida se transformó en una herramienta para quienes buscan controlar cada detalle. Menores volúmenes permiten trabajar de manera más personalizada y experimentar con distintos métodos sin perder de vista la calidad.
El territorio como parte de la etiqueta
Uno de los rasgos que más identifica a esta nueva camada de productores es la intención de que el vino represente el lugar donde nació.
Para Simón Tornello, integrante de la Cooperativa Agropecuaria Entre Montañas y productor del Valle de Calingasta, recuperar variedades tradicionales es también una manera de recuperar parte de la historia vitivinícola provincial.
“Está el componente identitario, que es el territorio. En la historia de la vitivinicultura local la variedad criolla es un canal efectivo para comunicar eso”, explicó.
Las uvas criollas y otros varietales ancestrales adquieren así un papel central. En lugar de buscar únicamente variedades reconocidas internacionalmente, estos proyectos exploran materiales que permiten construir una identidad propia y diferenciar los vinos sanjuaninos.
A esa búsqueda se suma una elaboración de baja intervención. Muchos productores reducen el uso de productos químicos, evitan incorporar aditivos y, en algunos casos, trabajan sin filtrar. También hay proyectos que incorporan prácticas agroecológicas en los viñedos.
El objetivo es que las características de la uva y del lugar tengan mayor protagonismo en el resultado final.
Una generación que hace casi todo
El crecimiento del segmento también está vinculado con un cambio en el perfil de quienes elaboran. Se trata de productores que participan activamente de buena parte del proceso y que combinan conocimientos técnicos con herramientas de comunicación y comercialización.
Además de elaborar y embotellar, muchos se ocupan de los análisis necesarios para declarar su producción ante el INV, desarrollan sus propias marcas, diseñan las etiquetas, administran redes sociales y buscan de manera directa a sus consumidores.
Esa cercanía es parte de la propuesta. El comprador de estos vinos suele interesarse no solo por el contenido de la botella, sino también por conocer quién está detrás del proyecto, dónde se produjo la uva y qué decisiones se tomaron durante la elaboración.
Así, la experiencia empieza a ocupar un lugar tan importante como el producto.
Calingasta, entre los principales escenarios
Dentro de esta transformación, Calingasta se convirtió en uno de los territorios con mayor presencia de proyectos de autor. La combinación entre altura, paisaje, tradición productiva y disponibilidad de variedades con historia favorece el desarrollo de etiquetas con una identidad marcada.
Juan Carlos Hidalgo, director de Vitivinicultura del Ministerio de Producción, Trabajo e Innovación, señaló que el crecimiento se percibe principalmente en el segmento de mayor valor y no necesariamente en la cantidad de litros producidos.
“Hay un crecimiento interesante, no en volumen, pero sí en categoría”, sostuvo.
El funcionario destacó que existen proyectos interesantes tanto en el Valle de Tulum como en Calingasta, aunque consideró que este último concentra una parte importante de las experiencias vinculadas con los vinos de autor.
“Hay proyectos que trabajan bien, con varietales ancestrales, criollas, y hay un doble mérito: se logra éxito como proyecto de vino de autor y con variedades que son originarias del terruño”, afirmó.
A su entender, el sector atravesó una evolución importante y hoy cuenta con proyectos que pudieron construir una base más sólida para crecer.
El desafío de sostener la calidad
El fenómeno plantea una oportunidad, pero también un desafío: consolidar la calidad sin perder la identidad que distingue a estas elaboraciones.
Para los pequeños productores, crecer no necesariamente significa multiplicar los volúmenes. En muchos casos, la fortaleza está justamente en conservar una escala que permita cuidar el viñedo, controlar la elaboración y mantener una relación cercana con el consumidor.
La recuperación de variedades criollas y ancestrales, el respeto por el terruño, la baja intervención y la búsqueda de nuevas experiencias de consumo forman parte de una vitivinicultura que intenta diferenciarse desde la identidad.
San Juan tiene por delante el desafío de sostener ese camino y convertir el crecimiento de estos proyectos en una oportunidad para reposicionar sus vinos. Una tarea que apunta a recuperar el protagonismo de la provincia en la actividad, pero desde una mirada renovada: menos volumen, más identidad y botellas capaces de contar de dónde vienen.
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