El Gobierno ya tendió el puente financiero hacia 2027: ahora falta que la economía real lo cruce

El programa anunciado despejó buena parte de las dudas del mercado sobre los vencimientos de deuda hasta 2027 inclusive, aunque no exento de riesgos. El desafío pasa ahora por consolidar la recuperación económica antes de que el calendario electoral vuelva a condicionar las decisiones de consumo e inversión.

Con un desenlace que evocó, en cierta medida (y salvando las distancias), a los últimos triunfos de la Selección en el Mundial, el Gobierno consiguió sacar adelante un partido que se había vuelto incómodo para el mercado. La semana pasada dio una de las señales que los inversores venían reclamando desde hacía tiempo: presentar una hoja de ruta sobre cómo piensa afrontar los vencimientos de deuda, especialmente los de 2027, un año atravesado por el calendario electoral.

La recepción fue positiva: el riesgo país cayó más de 3% hasta un nuevo mínimo en ocho años (rozó los 400 puntos), el S&P Merval en dólares rebotó casi 5% hasta los 2.100 puntos y el dólar oficial frenó la dinámica alcista luego de haber trepado 5,3% en junio.

La lectura posterior del mercado, sin embargo, también dejó entrever algunos matices. En la city advierten que varios de los supuestos sobre los que se apoya el programa -especialmente de cara a 2027- todavía deberán ser validados, tanto en materia de financiamiento como de acumulación de reservas y generación de divisas. En otras palabras, el plan logró despejar buena parte del corto plazo, pero su ejecución todavía deberá superar varias pruebas, muchas de ellas ajenas al programa: desde la dinámica política -del propio oficialismo y la desdibujada oposición- hasta la evolución de la economía local y de la incierta coyuntura internacional.

El principal interrogante sigue pasando, como casi siempre en la Argentina, por el frente cambiario. Si bien el Tesoro tiene prácticamente cubiertas sus necesidades financieras para 2026 y busca llegar al año próximo con un colchón de u$s3.700 millones, la ejecución del programa de 2027 -con vencimientos por unos u$s24.900 millones– exige que el Banco Central continúe acumulando divisas para abastecer al Tesoro, afrontar sus propios compromisos y cumplir con las metas de reservas acordadas con el FMI.

Cálculos de Invecq estiman que la autoridad monetaria debería comprar alrededor de u$s11.000 millones el año próximo: unos u$s4.900 millones para venderle al Tesoro, cerca de u$s1.600 millones para afrontar los pagos del Bopreal -la cifra es más alta pero una gran proporción se usa para pagar impuestos- y otros u$s4.500 millones para cumplir con la meta de reservas comprometida con el Fondo a mediados de 2027. En un año electoral, y con el antecedente todavía fresco de 2025, el desafío luce especialmente exigente. Recordemos que en la previa de las últimas legislativas, la dolarización de carteras alcanzó los u$s35.000 millones, un registro sin antecedentes y equivalente a más de la mitad del M2 (dinero en efectivo, en cuentas corrientes y en cajas de ahorro), según el BCRA.

Otro de los puntos que genera debate entre los analistas es la proyección de captar u$s5.000 millones adicionales en el mercado local durante 2027. El objetivo parece realizable, apoyado en la buena recepción que tuvieron las colocaciones de los bonos AO27 y AO28 -esta semana lanzan el AO29-, aunque el clima electoral podría volver un tanto compleja esa tarea.

Todo esto, además, en un contexto internacional que dejaría de ser tan favorable como el del primer semestre. Una eventual baja en los precios de los principales productos de exportación reduciría el ingreso de divisas, mientras que una economía doméstica en recuperación también impulsaría las importaciones y, con ellas, la demanda de dólares.

Aun así, el Gobierno conserva algunas cartas debajo de la manga. Además de mantener disponible el swap con EEUU como herramienta para enfrentar eventuales episodios de volatilidad -habrá que ver también cómo impacta un posible resultado adverso para Donald Trump en las legislativas del próximo 3 de noviembre-, el equipo económico no descarta la posibilidad de volver a emitir deuda en los mercados internacionales. Hoy esa alternativa sigue siendo costosa -los bonos rinden en torno al 8,5% anual-, aunque una mayor compresión del riesgo país (¿350? puntos) volvería a acercar al país al mercado voluntario de crédito. En enero existió una ventana para emitir deuda. Ecuador la aprovechó. Desde entonces, el riesgo país argentino cayó cerca de 80 puntos básicos, aunque el aumento de 30 puntos en la tasa del bono del Tesoro estadounidense a 10 años moderó parte de esa mejora, según Econviews. El escenario externo, además, se volvió más desafiante: la Fed de Kevin Warsh empieza a coquetear con una nueva suba de tasas, el conflicto entre Estados Unidos e Irán volvió a escalar y el petróleo Brent ya ronda los u$s80.

La cuenta pendiente para el segundo semestre: el repunte de la actividad en su conjunto

Tendido el puente financiero hacia 2027, el desafío para el Gobierno pasa por lograr que la economía real tenga la fuerza suficiente para cruzarlo. En particular, de que la recuperación gane consistencia durante el segundo semestre y se convierta en un repunte más generalizado antes de que el calendario electoral empiece a dominar las expectativas de los agentes económicos. Los últimos datos de la economía sugieren que el fuerte retroceso de abril (-1,5% mensual) quedó atrás, aunque la recuperación sigue siendo dispar. La industria manufacturera rebotó 0,4% mensual en mayo y la construcción 6,3%, según el INDEC. En la misma línea, el estimador de actividad de EcoGo anticipa un repunte de 0,8%, traccionado por el sector de bienes.

Los primeros datos de junio, en tanto, son mixtos: la confianza del consumidor creció por segundo mes consecutivo (6,4%), aunque los despachos de cemento se hundieron 9,1% mensual y los patentamientos de autos cayeron 7,3% en la misma comparación.

El problema de fondo es que, aun cuando aparece, el rebote sigue siendo acotado y desigual. Las estimaciones privadas proyectan para 2026 un crecimiento de entre 2,3% y 3,6%, en un escenario marcado por una economía de dos velocidades que todavía no logra cerrar la brecha entre los sectores que avanzan y los que siguen rezagados. Del lado ganador, el segmento energético acumula una expansión de 27% desestacionalizado desde noviembre de 2023, con la producción de petróleo y gas creciendo a tasas de dos dígitos interanuales gracias a Vaca Muerta, que ya explica cerca de la mitad del superávit comercial.

Del lado perdedor, la industria manufacturera sigue 4,2% por debajo de noviembre de 2023, con una capacidad ociosa cercana al 40%, según el informe de la consultora Industria y Desarrollo (I+D), liderada por Diego Coatz, exdirector ejecutivo de la UIA. I+D advierte, además, sobre un “efecto sándwich”: costos energéticos que suben -la electricidad para grandes usuarios aumentó 79% en dólares-, precios industriales que corren detrás del IPC y demanda interna que no tracciona. A su vez, el empleo industrial perdió 46.500 puestos directos en los últimos 12 meses y las proyecciones sectoriales anticipan una caída de 105.000 empleos -directos e indirectos- para todo 2026.

Retornó la desinflación, pero el crédito por ahora no reacciona

La mejor noticia macro del segundo trimestre fue el regreso del proceso de desinflación. Y continuará en junio: el IPC porteño marcó 1,8%, su tercera desaceleración consecutiva, y, replicado con ponderadores nacionales, el dato del INDEC -que se conocerá este martes- rondaría 1,8%-1,9%.

De todos modos, julio arrancó con alimentos trepando un 2,4% semanal, según el relevamiento de LCG, aunque el promedio del último mes se desaceleró a 0,8%. El REM del BCRA volvió a corregir a la baja la proyección del IPC (2% para junio) y el Top 10 de consultoras espera 30% para todo 2026. Los salarios formales, en paralelo, hilvanaron un par de meses de recuperación, tras una caída de siete meses al hilo.

Según Empiria, el ingreso disponible de los hogares creció 1% real en abril y habría vuelto a mejorar en mayo, aunque todavía se ubica 2,7% por debajo del nivel de noviembre de 2023. La mejora, además, convive con un consumidor más cauteloso: los gastos fijos ya absorben el 23% del ingreso promedio de los hogares y llegan al 32% entre los sectores de menores recursos. No casualmente, el viceministro José Luis Daza reconoció que una parte de la sociedad todavía no percibe plenamente los beneficios del programa y adelantó que el Gobierno trabaja en nuevas herramientas para expandir el crédito, especialmente para la construcción.

Sin embargo, hasta junio el financiamiento al sector privado siguió planchado en medio de un inédito nivel de morosidad. Para los préstamos no bancarios, la tasa de irregularidad trepó al 28,7% -casi cuatro veces la bancaria- y la de las familias en todo el sistema financiero alcanzó 12,7% en mayo, según 1816. El dato más inquietante es generacional: entre los menores de 20 años, la morosidad saltó de 5,6% a 24,3% en apenas un año.

En definitiva, el Gobierno ya construyó el puente financiero hacia 2027, aunque no exento de riesgos. De todas formas, el verdadero desafío ya no parece ser -como en otros años electorales- evitar una nueva crisis, sino convertir la estabilidad macroeconómica en una recuperación más amplia y sostenida. Los próximos meses dirán si el rebote logra dejar atrás la lógica de una economía de dos velocidades o si el crecimiento vuelve a avanzar al ritmo del serrucho, con sectores que consolidan su recuperación y otros que continúan rezagados.

Fuente: ÀMBITO

Por: G. Herrera

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