Abuelos que sostienen: el caso de los hijos de Romina Yan resalta la importancia de ese vínculo afectivo

“Los que gozamos de nuestros abuelos sabrán por qué lo digo” (Yo)
La reciente entrevista a Valentín Yankelevich en Infobae conmovió a la opinión pública al poner en luz una realidad dolorosa e invisibilizada: el sufrimiento de los niños frente al maltrato familiar. Pero, por sobre todo, su testimonio impactó por el papel de su abuelo Gustavo como red de rescate y refugio. Este caso trasciende lo mediático y reabre un debate fundamental sobre el alcance, la responsabilidad y el valor del sostén intergeneracional en la vida cotidiana.
Bajo una misma palabra, “abuelos”, conviven responsabilidades muy distintas. Sin lugar a dudas, el lazo más positivo entre abuelos y nietos suele ser el que se acuerda respetando los tiempos y ocupaciones de los mayores. Están los que ayudan a que sus hijos puedan trabajar o estudiar. Otros intervienen ante una enfermedad, una muerte o una migración. Y están los que protegen a sus nietos frente al abandono, la violencia o las dificultades de los padres para cuidarlos. No todas las ausencias tienen el mismo origen, ni toda necesidad de ayuda significa que alguien haya fallado.
¿Qué puede aportar la presencia de los abuelos? En lo cotidiano, ese aporte puede tomar una forma sencilla: alguien que tiene tiempo para escuchar una preocupación que todavía no se pudo contar en casa. Poder recordarle cómo era el padre —o la madre— de pequeño, acompañar un cambio familiar que dejó más tiempos vacíos o espacios inciertos, brindar el primer lugar para hacer la experiencia de dormir fuera de casa, escuchar otras voces que puedan ser distintas de las de los padres. En fin, un espacio alternativo para el disfrute, la seguridad o el apoyo ante vivencias dolorosas.

Un estudio de Attar-Schwartz y colaboradores (2009) analizó a 1.515 adolescentes de Inglaterra y Gales y encontró que una mayor participación de los abuelos se asociaba con menos problemas emocionales y más comportamientos de ayuda y cooperación. Particularmente, en familias monoparentales y ensambladas. Lo que no implica que solo los abuelos produzcan ese bienestar, pero sí reconocerlos como parte de una red afectiva y de acompañamiento más amplia y diversificada.
Madelom Riem y colaboradores (2025) siguieron a más de diez mil niños del Reino Unido y hallaron que, en quienes atravesaban mayores adversidades familiares, el cuidado de los abuelos se vinculaba, hasta los tres años, con menos problemas de conducta y más comportamientos cooperativos.
Los abuelos también pueden ofrecer algo menos visible que el cuidado cotidiano: la experiencia de sentirse queridos y de saber que hay alguien disponible. Una suerte de reaseguro familiar estratégico que, como vimos en el caso Yankelevich, resultó salvífico.

Una investigación de Daniel Mansson y colaboradores (2017) encontró que el afecto recibido de los abuelos se relacionaba con mayor cercanía emocional, pertenencia familiar y confianza en contar con apoyo. En situaciones más difíciles, esa presencia puede adquirir un valor especial: Austin Blake y su equipo (2023) observaron que un vínculo seguro con la abuela podía constituir un recurso para adolescentes que mantenían relaciones inseguras con sus madres.
También hay una dimensión de ese encuentro que se despliega al escuchar historias. En un estudio de Ling Xu y colaboradores (2023) los nietos que conversaron con sus abuelos sobre sus vidas describieron una mayor conexión y comprensión de sus experiencias. Desde allí podemos pensar que una historia de migración, de trabajo o de amores sujetos a otras reglas vuelve cercano un pasado que parecía ajeno y permite comparar historias en contextos disímiles. El abuelo aparece entonces como alguien que también fue joven, tuvo incertidumbres y buscó su camino. Y el nieto puede empezar a reconocerse como parte de una historia que comenzó antes de su llegada.
Una revisión de Mirkka Danielsbacka y colaboradores (2022) encontró un contraste llamativo: la participación de abuelos que no convivían con sus nietos se asociaba con más frecuencia a mejores resultados de salud o bienestar; entre quienes asumían la crianza sin los padres, predominaban las asociaciones desfavorables. Esta diferencia nos invita a preguntar cuánto cuidado se asume, en qué condiciones y con qué apoyos.

Los acuerdos necesitan palabras y analizar varios aspectos. ¿Quién decide las reglas? ¿Qué ayuda puede sostenerse? ¿Cómo expresar cansancio sin que se interprete como falta de amor? Cuando varias generaciones cuidan, conversar sobre esas preguntas permite reconocer responsabilidades y límites. Y cuando los abuelos están solos al frente de la crianza, hacen falta apoyos que excedan la buena voluntad familiar: recursos económicos, orientación y oportunidades de descanso.
Quizá convenga revisar la expresión “dar una mano”. En algunas familias, esa mano sostiene buena parte de la vida cotidiana. Reconocerlo exige algo más que agradecer o celebrar el sacrificio. Los abuelos pueden ser una presencia decisiva para sus nietos y seguir necesitando tiempo, proyectos y cuidados propios. El amor que ofrecen merece una red que también los sostenga.

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