La competencia por el sueño: por qué cada vez dormimos menos y qué perdemos cuando descansamos mal
La politóloga Piera Fernández advirtió que la cultura de la hiperconexión y la sociedad de disponibilidad permanente desplazan las horas dedicadas a dormir
Dormir es una de las actividades más básicas de la vida cotidiana y, al mismo tiempo, una de las primeras que se resignan cuando el tiempo no alcanza. Una hora más de trabajo, una serie, las redes sociales, los mensajes pendientes o simplemente la necesidad de terminar lo que quedó del día pueden desplazar el momento de acostarse. El resultado es una paradoja: en una sociedad que exige cada vez más rendimiento, se reducen precisamente las horas necesarias para recuperarse.
El sueño no es tiempo perdido. Es una función biológica indispensable para la recuperación del organismo y está vinculada con procesos como la memoria, la atención, la regulación emocional y el rendimiento durante el día. La evidencia científica acumulada en los últimos años muestra, además, que dormir poco de manera habitual está asociado con distintos problemas de salud.
Una revisión que reunió datos de más de tres millones de personas encontró una asociación entre dormir menos de seis horas y un mayor riesgo de mortalidad, aunque sus autores advierten que este tipo de estudios no permite establecer por sí solo una relación causal. Otra revisión, que analizó 36 revisiones sistemáticas con información de más de 4,4 millones de personas de 30 países, encontró que entre siete y ocho horas de sueño era el rango asociado de manera más favorable con distintos indicadores de salud en adultos.
En Argentina, el panorama también muestra dificultades. Un estudio realizado en 2023 por el Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA junto con la Fundación Favaloro encontró que el 75,95% de las personas presentaba algún tipo de alteración del sueño. Dentro de ese grupo, el 38,61% tenía insomnio o sueño interrumpido y el 21,39% dormía menos de ocho horas.

La cultura de estar despiertos
La falta de sueño, sin embargo, no puede explicarse únicamente por decisiones individuales. También existe una disputa por las horas del día, en la que el trabajo, las obligaciones, el entretenimiento y las pantallas compiten con el descanso.
Durante una entrevista en Infobae a la Tarde, Piera Fernández planteó justamente esa tensión. “La pregunta de fondo tiene que ver con la competencia por el sueño”, sostuvo, al analizar cómo las exigencias de una sociedad hiperconectada pueden terminar desplazando una necesidad básica.
Las fronteras entre trabajo, ocio y descanso se volvieron cada vez menos precisas. El teléfono permite responder un mensaje laboral a la noche, continuar una conversación de madrugada, hacer una compra o consumir contenido durante horas. El tiempo que antes marcaba el final de la jornada dejó de funcionar necesariamente como un límite.
Fernández recuperó para explicar este fenómeno el concepto de sociedad 24/7, desarrollado por Jonathan Crary en 24/7: el capitalismo tardío y el fin del sueño. La idea describe una dinámica social en la que producir, consumir y comunicarse pueden extenderse prácticamente sin interrupciones. En ese esquema, el sueño aparece como uno de los pocos momentos que todavía obligan a detener la actividad.
“El sueño representa uno de los últimos límites que le queda a esta sociedad”, señaló Fernández. La paradoja es que esa misma búsqueda permanente de productividad necesita del descanso: dormir permite recuperar funciones que después resultan fundamentales para trabajar, estudiar, tomar decisiones y sostener la atención.

“Necesitamos, por un lado, dormir para ser más productivos, para rendir mejor, pero al mismo tiempo te necesito más tiempo despierto para que puedas ser más productivo”, explicó la politóloga. La contradicción puede resumirse de una manera sencilla: quitarle una hora al sueño permite ganar una hora de vigilia, pero no necesariamente una hora de mayor rendimiento.
No todos pueden dormir de la misma manera
La posibilidad de descansar tampoco está distribuida de manera uniforme. Las condiciones de vivienda, el ruido, las temperaturas extremas, la inseguridad, los problemas económicos, los horarios laborales y las tareas de cuidado pueden afectar tanto la cantidad como la calidad del sueño.
Fernández señaló que las personas que atraviesan situaciones socioeconómicas más vulnerables tienen mayores dificultades para dormir y vinculó esas diferencias con factores concretos de la vida cotidiana. La preocupación económica, por ejemplo, puede trasladarse directamente a la noche: una deuda, la incertidumbre laboral o la necesidad de resolver cómo llegar a fin de mes pueden dificultar la posibilidad de conciliar el sueño incluso cuando existen horas disponibles para hacerlo.
Por eso, el descanso no puede reducirse a una cuestión de voluntad individual. No siempre se trata de elegir entre acostarse temprano o continuar despierto. Para muchas personas, las condiciones materiales y las obligaciones cotidianas determinan cuánto tiempo pueden dedicar realmente a dormir.

¿Puede la siesta compensar el sueño perdido?
La pregunta aparece casi naturalmente cuando las horas de descanso nocturno resultan insuficientes: ¿puede una siesta ayudar a recuperar lo que falta? La evidencia disponible indica que puede tener beneficios, aunque su duración y frecuencia son importantes.
Una revisión de 44 estudios de cohorte, que reunió información de más de 1,8 millones de personas, encontró asociaciones entre las siestas habituales y distintos resultados adversos de salud. Sin embargo, las siestas de menos de 30 minutos no presentaron las mismas asociaciones, aunque los investigadores remarcaron que todavía se necesita más evidencia para establecer relaciones causales.
Otra revisión encontró que las siestas breves podían asociarse con mejoras en la función cognitiva y una reducción de la fatiga, mientras que las más prolongadas presentaban asociaciones menos favorables. Esto no significa que la siesta sea perjudicial ni que deba evitarse, sino que su utilidad depende también de cómo se incorpora al descanso general.
Una pausa breve durante el día puede ayudar a recuperar atención y reducir el cansancio, pero no debería convertirse en la estrategia habitual para compensar una privación de sueño permanente. El descanso nocturno continúa siendo la principal fuente de recuperación y una siesta no necesariamente reemplaza las horas que faltaron durante la noche.
Además, la ciencia comenzó a prestar mayor atención no solo a cuánto duerme una persona, sino también a cómo distribuye y mantiene sus horarios de sueño. La regularidad aparece como otro componente relevante, especialmente frente a rutinas en las que la hora de acostarse cambia constantemente según las obligaciones del día.

Cuando dormir también se convierte en una obligación
La paradoja es que incluso el descanso puede quedar atrapado en la lógica de la productividad. Relojes inteligentes, aplicaciones y dispositivos permiten medir las horas dormidas, los despertares y diferentes indicadores asociados al sueño. La herramienta puede ser útil, pero también puede transformar una necesidad básica en otra variable que debe ser controlada y optimizada.
Fernández cuestionó precisamente esa lógica al señalar que “todo lo que no es producir es tiempo muerto”. El problema aparece cuando el descanso necesita demostrar que es útil para justificar su lugar en la agenda. Dormir para rendir mejor puede ser razonable; dormir solamente porque necesitamos convertirnos en trabajadores más eficientes vuelve a colocar al sueño dentro de la misma lógica de la que intenta protegernos.
La discusión, entonces, no pasa únicamente por encontrar una cantidad ideal de horas ni por recuperar la siesta como una costumbre perdida. También implica preguntarse por qué el descanso terminó compitiendo con casi todas las demás actividades de la vida cotidiana.
En una sociedad que extiende las jornadas, mantiene las pantallas encendidas y exige disponibilidad permanente, dormir puede parecer una pérdida de tiempo. La evidencia científica plantea una conclusión diferente: resignar horas de sueño no necesariamente permite hacer más y puede terminar afectando justamente las capacidades que se necesitan para hacerlo.
El verdadero desafío, en definitiva, no es encontrar una manera de dormir menos, sino devolverle al descanso un lugar que nunca debería haber perdido.
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