EE.UU. está desplegando armas para atacar satélites en el espacio exterior

Lo anunció el secretario de la Fuerza Aérea, convirtiendo un secreto a voces en doctrina oficial. El primer golpe de la Tercera Guerra Mundial sería en la órbita geoestacionaria, convirtiendo a nuestra última frontera en la primera línea de batalla.

satelite Archivo –

El secretario de la Fuerza Aérea de EE.UU, Troy Meink, oficializó un secreto a voces: su país ha desplegado armas de “control espacial” en órbita, “capaces de defender a la Fuerza Conjunta frente a acciones hostiles de adversarios”. Esto reconfirma algo muy sabido: La Tercera Guerra Mundial estallará primero en el ciberespacio y en el espacio exterior, antes que en tierra firme, sin que nadie se dé por enterado.

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En su intervención en la conferencia de la Asociación de Fuerzas Aéreas y Espaciales, Meink no solo dijo que sus capacidades bélicas espaciales están destinadas a la defensa: lo más impactante es que también pueden utilizarse con fines ofensivos. Se negó, lógicamente, a revelar cuáles son esas armas bajo la estrategia de la ambigüedad. Pero los analistas militares conocen el abanico de opciones para las armas orbitales: misiles con cabezas nucleares y láseres antisatélite, campos de interferencia electromagnética, suplantación de señales digitales para engañar al adversario con información ajena que creerán propia, y satélites de caza con brazos robóticos que se acerquen a otros para inutilizarlos. El objetivo no es bombardear la Tierra desde el cielo sino desactivar las armas terrestres del adversario, desconectándolas de sus propios satélites.

Esto no es hipotético ni ciencia ficción: el 24 de febrero de 2022, una hora antes de que Rusia invadiera a Ucrania, un malware de tipo wiper (borrador de datos) llamado AcidRain, atacó los módems y rúters de los usuarios de la red KA-SAT de banda ancha satelital que provee internet satelital en Europa, Oriente Medio y Asia occidental: borraron todos los datos del sistema dejando a esos equipos inutilizables. Así las fuerzas ucranianas quedaron casi incomunicadas. Lo que acaba de anunciar EE.UU. es el paso superior a un ciberataque como el ruso: ya están apuntando físicamente a los satélites, quitando del plano de la ficción a las tecnologías de la película Star Wars.

El ataque de Pearl Harbour en 1941 los japoneses apuntaron a la flota norteamericana. Cuando EE.UU. invadió Irak e Irán, lo primero que hizo fue destruir a los aviones estacionados en tierra. Pero en la guerra del siglo XXI la fuerza aérea tripulada pasa a un segundo plano, cediéndole la escena a los misiles y drones, más pequeños, baratos y fáciles de ocultar. Pero estas armas no servirían de nada sin la orientación satelital.

Las señales satelitales son fundamentales para navegar –por tierra, agua y aire–, comunicarse, seleccionar blancos y perseguir a misiles que se aproximan para derribarlos: hoy en día, quedarse sin señal satelital es la garantía fatal de la derrota en el campo de batalla, el cual se ha desdibujado y extendido a la órbita geoestacionaria: ya no habrá paz ni siquiera en el cielo.

Meink anunció avances en otros programas espaciales como un sistema de interceptores basados en el espacio y una constelación para detectar y seguir objetivos móviles desde órbita: comenzará los lanzamientos de esa constelación este mes.

Bajo condición de anonimato, un funcionario militar norteamericano detalló a The Washington Post que el nuevo armamento anunciado habilitaría al Pentágono a neutralizar satélites enemigos, al tiempo que están desarrollando una red de misiles basados en el espacio, prevista como parte del futuro sistema de defensa antimisiles Golden Dome.

El momento de anunciar esta información en verdad vieja, se liga al reciente encuentro de los líderes de los países del BRICS en Nueva Delhi, donde Vladimir Putin y Xi Jinping se mostraron unidos, proyectando al mundo la creciente fortaleza estratégica de dos de los mayores rivales de Washington. EE.UU. les dijo con claridad –vía la noticia de ayer— que están en condiciones de presentarles batalla cósmica.

Durante años, Washington venía diciendo que Moscú y Beijing estaban desarrollando armas antisatélite que amenazaban a los de EE.UU.

El mensaje de EE.UU. en término geopolíticos es que no va a renunciar a la ventaja tecnológica que tiene en la ciencia espacial desde hace décadas. La administración Trump impulsó el programa de defensa antimisiles Cúpula Dorada, un sistema interceptor similar al de Israel. Ahora, es de esperar que Rusia y China avancen en el mismo sentido, desatándose una inédita carrera armamentística orbital.

¿Un derivado de la guerra contra Irán?

El diario Wall Street Journal publicó que China le proporcionó a Irán imágenes satelitales de alta calidad sobre la base norteamericana en Jordania atacada el 17 de julio por los iraníes durante la guerra, matando a tres marines. Según el informe publicado, las imágenes incluían las coordenadas exactas de los dormitorios y los hangares de aviones. Cuando una periodista le preguntó sobre esto a Donald Trump, este respondió evasivamente con una sonrisa sarcástica y una frase: “Nos espían y nosotros también los espiamos”.

El hecho es que el nivel de precisión que tuvo Irán contra EE.UU. e Israel fue asombroso, denotando acceso a satélites de calidad, algo que a lo que no accede con su propia tecnología. ¿Por qué la rareza de este Trump conciliador? Porque tiene programada una reunión con Xi Jinping y quiere cuidar las relaciones diplomáticas antes de viajar a Beijing.

Un rasgo de epocal es el nuevo desorden internacional donde los pactos y leyes de los tiempos del multilateralismo, se caen frente al bilateralismo autoritario y caprichoso de Donald Trump: cada quien puede hacer lo que quiera, irrespetando el derecho internacional. El Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1966 establece que no puede haber armas peligrosas fuera de la órbita terrestre. Hasta ahora, nadie había asumido explícitamente –como lo acaba de hacer EE.UU.— que incumplen el tratado y se están armado para la guerra a nivel extraplanetario.

En ese tratado, la comunidad internacional se comprometió a explorar y utilizar el espacio ultraterrestre en beneficio de todos. Como en Antártida, acordaron que ningún Estado debería instalar armas nucleares ni ningún otro tipo de armas de destrucción masiva en la órbita terrestre, el espacio exterior u otros cuerpos celestes.

El problema es que el tratado no dice nada sobre armas convencionales, armas cinéticas o sistemas de perturbación electrónica. Y ese vacío legal es explotado por las potencias, de la misma manera en que la Antártida está llena de militares que solo “hacen ciencia”.

Ya en 2018 Donald Trump creó una nueva rama de las fuerzas armadas de EE. UU.: la Fuerza Espacial con un presupuesto de 30 mil millones de dólares.

China ya demostró sus avances en la órbita geoestacionaria en 2022, al utilizar un satélite con brazo robótico para acercarse a otro propio y lanzarlo a la órbita de desecho: lo mismo se podría hacer con algún satélite enemigo. En 2021 Rusia lanzó un misil antisatélite desde tierra contra uno propio que estaba fuera de servicio, a modo de prueba.

Sergio Skovalski –analista militar y de geopolítica— explicó a Página/12 que el anuncio de EE.UU. “no inaugura la militarización del espacio, un proceso que lleva décadas, pero sí representa un cambio significativo: reconocen públicamente que el ámbito espacial ya forma parte de su arquitectura de disuasión y defensa. Esto confirma que el espacio se ha convertido en un dominio central de la competencia estratégica contemporánea”.

Rodrigo Martin-Iglesias –doctor en diseño, y profesor titular de Diseño de Futuros (UBA)— declaró a Página/12 que “durante décadas, el espacio fue presentado como una infraestructura con satélites para comunicarnos, orientarnos, observar la Tierra. Ahora aparece explícitamente como un dominio bélico a controlar. Estamos ante la posibilidad de que aquello de lo que depende bastante la vida cotidiana –comunicaciones, navegación, información– se convierta en infraestructura militar y, por lo tanto, en objetivo militar. La paradoja es que cuanto más hacemos del espacio una infraestructura civil indispensable, más valiosa se vuelve militarmente su vulnerabilidad. No necesitan conquistar el espacio. Les alcanza con conseguir que todos tengamos miedo de perderlo como infraestructura esencial de la vida cotidiana, so riesgo de volver a la vida predigital”.

La gran novedad a nivel existencial para la especie humana es que lo que era una sospecha, se ha convertido en doctrina oficial. Y el espacio exterior deja ya de ser nuestra última frontera física, para convertirse en la futura primera línea de batalla.

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