El Gobierno apuesta a la sobreinformación para surfear los malos momentos y evitar las discusiones importantes. Hay confianza oficial para lograr media sanción de la reforma laboral en el Senado. La desorientación opositora sigue.

El Presidente transita febrero manejando la agenda sin grandes dificultades.
Caos y cortinas de humo
La eyección de Lavagna es uno de los hechos trascendentales de la semana. Golpea la credibilidad de las estadísticas y le baja el precio al IPC que se publicará en los próximos días. El Gobierno apuesta al “todo pasa” y a que las repercusiones se diluyan, como ocurrió con otros escándalos de magnitud el año pasado.
En lo inmediato, el daño fue controlado. El mercado no pasó factura directa. La Bolsa cayó 7% en dólares y el riesgo país volvió a superar los 500 puntos, pero más por turbulencias internacionales que por la crisis local. Ni siquiera los bonos CER se resintieron por el affaire Lavagna: subieron en promedio 1,6% en la semana.
En lo político, La Libertad Avanza sabe que el peronismo carga con su propia mochila en materia de estadísticas. En el PJ conviven quienes optan por el silencio y quienes sospechan que las exigencias de institucionalidad son una trampa que solo aparece cuando el justicialismo gobierna.
Luego llegó la catarata de noticias: la pelea con los textiles, una seguidilla de entrevistas a Caputo, las marcas de ropa de funcionarios, el sable corbo de San Martín y la Oficina de Respuesta Oficial, una paradoja en un Gobierno que acaba de torcer las estadísticas. La flamante repartición nació renga: intentó desmentir a una periodista con datos erróneos. No hay que pedirle peras al olmo, como dice el refrán popular.
Lo relevante llegó el jueves: el acuerdo comercial con Estados Unidos y el envío al Congreso del tratado Mercosur-Unión Europea. Dos movimientos que encajan en la retórica aperturista y que el oficialismo presentó como acuerdos donde solo hay ganadores.
En el caso de EEUU, aún falta conocer la letra chica. Carne y agro aparecen en alza, junto a sectores estratégicos como maquinaria, defensa, petroquímica, forestal, medicina, acero, aluminio, cobre, litio, aeronáutica y minería. El Gobierno sostiene que el tratado bajará precios internos por mayor competencia. Lo no dicho: la negociación se dio en una posición de debilidad tras el salvataje previo a las elecciones de la administración Trump. Cuesta creer que Argentina haya impuesto condiciones fuertes en una mesa a la que llegó, hace pocos meses, con respirador.
Discusión superficial
La tesis del cuento también aparece en el debate por la reforma laboral que comenzará en el Senado. El Gobierno incluyó artículos accesorios que dominaron la discusión pública y desplazaron el corazón del texto.
La baja de Ganancias para empresas fue prenda de negociación con gobernadores, dado su carácter coparticipable. Es decir, las provincias perderían recursos de aprobarse el texto tal como está. Diego Santilli recorrió provincias y recibió mandatarios en Casa Rosada, mientras busca convencer a Caputo de reducir el impacto fiscal para sellar acuerdos.
La rosca giró alrededor de esos puntos. También de reclamos sindicales: cuotas solidarias, jerarquía de convenios y ultraactividad. Pero la segunda historia —los bancos de horas, indemnizaciones, fraccionamiento de vacaciones y períodos de prueba— quedó casi fuera del debate.
Muchos legisladores mascullan malestar por la falta de discusión de fondo. Reconocen que la sociedad pide modernización laboral y reglas para el trabajo en plataformas, por ejemplo, pero dudan de que este proyecto sea la respuesta. Nadie desconoce el estancamiento del empleo formal ni la necesidad de incentivos para contratar, aunque incluso aliados del Gobierno admiten que “faltó tiempo”.
Oficialismo y oposición coinciden en una estrategia: lo superficial desplaza la historia central. En La Libertad Avanza emerge el liderazgo parlamentario de Patricia Bullrich, mientras Victoria Villarruel queda relegada a un rol institucional. Pero Bullrich también juega su propio futuro: integrar la fórmula presidencial en 2027 o disputar la jefatura porteña. En el primer caso, Martín Menem por portación de apellido seduce a sectores libertarios por la potencia de un posible binomio Milei-Menem; en el segundo, Manuel Adorni aparece fortalecido tras su triunfo electoral en CABA frente al PRO y al peronismo. El exvocero fue el único vencedor de una elección distrital con boleta de LLA. La nacional, luego, fue otra cosa. Un acontecimiento que lo pone en el centro de la escena, aunque la discusión por candidaturas no haya comenzado.
Algunos observan que Bullrich no solo debe conseguir la media sanción, sino también mostrar fisuras en el bloque peronista del Senado, que no sume sus 28 voluntades. “Si ya tiene los números con aliados, ¿por qué insistir tanto con gobernadores del Norte?”, deslizó un parlamentario experimentado. Hasta diciembre pasado, la unidad de sus bloques fue la principal fortaleza del peronismo.
En paralelo, el PJ decidió no presentar dictamen propio y apostar al blanco o negro. La discusión de propuestas quedó desplazada por las internas partidarias y la necesidad de mostrar lealtades. Una encerrona para quienes responden a gobernadores que necesitan recursos, pero tampoco quieren votar el proyecto tal como está.
Y así, mientras la política discute la historia visible, la verdadera trama avanza casi en silencio. La reforma que cambiará el mundo del trabajo o la credibilidad de las estadísticas siguen escribiéndose fuera de foco.
Como en Piglia, solo que acá la segunda historia se revelará cuando ya sea tarde para fingir sorpresa.


Los comentarios están cerrados.