La decisión del presidente Javier Milei de avanzar con el traslado del sable corvo del General José de San Martín volvió a encender la polémica en torno a uno de los símbolos más importantes de la historia argentina. Mientras algunos sectores avalan que la reliquia quede bajo custodia permanente del Regimiento de Granaderos a Caballo, otras voces se manifestaron con firmeza en contra. Entre ellas, la del abogado sanjuanino Miguel Licciardi, miembro de número de la Academia Sanmartiniana y presidente de la Asociación Cultural Sanmartiniana de San Juan.
Licciardi sostuvo que el sable debe continuar en el Museo Histórico Nacional, donde se encuentra desde fines del siglo XIX. “Mi posición es que el sable tiene que quedar en el Museo Histórico Nacional, que fue el lugar donde fue destinado en 1897, cuando llegó a Buenos Aires”, afirmó en diálogo . Para el especialista, el debate excede lo simbólico y se apoya en fundamentos históricos y jurídicos sólidos.
Según explicó, el ingreso del sable al patrimonio nacional se dio bajo la figura de una “donación con cargo”. El arma había sido legada por San Martín a Juan Manuel de Rosas y, tras la muerte de este último, quedó en manos de su familia. Cuando Adolfo Carranza, fundador del Museo Histórico Nacional, solicitó la pieza, los herederos aceptaron con una condición clara: que el sable fuera destinado a ese museo. “Ellos contestan que sí, que el sable debía pertenecer a la Nación Argentina y que iba a ser enviado con el destino solicitado. Es prácticamente una donación con cargo”, explicó Licciardi.
Desde esa perspectiva, alterar el lugar de custodia podría abrir un conflicto legal. “Modificar ese destino podría habilitar a los herederos actuales a reclamar la pieza para el ámbito privado. Eso sería un problema serio”, advirtió. Si bien no se explicitó en su momento la posibilidad de revocar la donación, el académico fue contundente: “Los documentos y el contexto son clarísimos; habría que forzar mucho las cosas para ver un gris donde no lo hay”.
Otro de los puntos centrales que remarcó Licciardi es la accesibilidad. A su entender, el Museo Histórico Nacional garantiza un acceso público pleno, algo que no ocurre en una unidad militar. “El museo es de libre acceso. Al Regimiento de Granaderos no se entra de la misma manera, hay que pedir turno, es una unidad militar. El traslado limitaría el contacto directo del pueblo con su historia”, señaló.
El camino histórico del sable hacia la Nación también refuerza, según Licciardi, su postura. Tras la muerte de Rosas en Inglaterra, fue Manuela Rosas junto a su esposo Máximo Terrero quienes decidieron que la reliquia debía regresar al país para ser exhibida públicamente. En 1897, un nieto de Rosas entregó el sable a una comisión militar, que lo presentó ante el presidente José Evaristo Uriburu. Luego, un decreto del Poder Ejecutivo dispuso su incorporación al Museo Histórico Nacional.
En relación a los robos sufridos por la pieza en la década del ’60, Licciardi recordó que se trató de hechos simbólicos protagonizados por sectores de la juventud peronista, que luego devolvieron el sable. Más tarde, durante el gobierno de Onganía, un decreto lo trasladó al Regimiento de Granaderos, hasta que en 2015 otro decreto presidencial dispuso su regreso al museo, aunque con custodia de granaderos.
“Hoy el sable está donde expresamente se pidió que estuviera y, además, custodiado por Granaderos. Entonces, ¿qué necesidad hay de sacarlo de ahí y generar una nueva polémica, como si no tuviéramos problemas más urgentes?”, reflexionó.
Finalmente, Licciardi desmitificó la supuesta intervención de Domingo Faustino Sarmiento en el destino del sable. Explicó que el sanjuanino solo tuvo un cruce ideológico con San Martín durante una visita en Francia, motivado por su rechazo a Rosas. “Sarmiento le cuestiona por qué le había legado el sable a un tirano, y San Martín le responde que se lo entregó a quien defendió la soberanía nacional frente a potencias extranjeras”, relató. Y concluyó de forma tajante: “Sarmiento no tuvo ninguna incidencia en el destino del sable. San Martín lo dejó expresamente a Rosas en su testamento”.
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